domingo, 15 de abril de 2007

El poema es una bella trasgresión

domingo, 15 de abril de 2007 0
Rolando Tellini Mora
La eternidad es la contemplación.
Instante cercano al ojo del animal
que todo puede abarcarlo siéndolo.

En el hombre es un sentimiento místico
que abruma, que aplasta la frágil carne,
desordena y alborota las certezas, las medidas
y lo que podría ser un puente de contacto
es el alejamiento del avión y la tierra,
es la corporalidad del vacío, que no es el mundo,
sino la dinamita del vacío en uno mismo;
romperse una y otra y otra vez
en el espejo que mira sin ojos
en el rostro que es un abismo hacia adentro
en un cuerpo caído de miedo, miseria, de ganas.

El hombre es todo cuanto está ausente
entre estas ciudades de piedra que no le reconocen,
frente a los demás y los espejos rotos
que sólo le observan hacia fuera, y no les es nada,
en las palabras que sólo piensan en sí mismas,
en las ciencias que no tienen sueños, sino pesadillas,
ausente en las identidades que le construyen
los estados, los mercados, los amos y sus poderes,
ausente también en todos los cuadros y las imágenes;
incluso el Hombre con mayúscula está ausente de hombre:
el concreto, el que respira y siente este vacío.

¿Y la mujer?
La mujer es una historia de lágrimas continuas...

Y cuando copulan el hombre y la mujer,
el hombre y el hombre, la mujer y la mujer, muchos,
lo que están copulando son el vacío y las lágrimas,
el vacío y su imagen, lágrimas que bañan otros cabellos,
el caos infinito de un dios inexistente.

Y cuando copulan como los libres animales
envueltos en la mística de sus ardientes cuerpos
sienten miedo. Mucho, mucho miedo.

Se alejan. Se ausentan. Y lloran amargos,
hasta que su avinagrada carne se torna polvo
y no pueden ya soportar la contemplación,
pues la única imagen que les devuelve la eternidad,
es la muerte que a todos nos inventaron,
(son los ojos del animal que nos sacaron)
cuando la vida que apostaron por nosotros
la perdieron, y nos duele tanto y nos mueren,
y ahora todos ausentes, ahora todos lloran
luego nacen y mueren, nacen... y mueren...
hasta que somos tú, lágrima sobre una mejilla
y yo, el vacío místico sobre este poema...

sábado, 14 de abril de 2007

POSDATA SOBRE LAS SOCIEDADES DE CONTROL

sábado, 14 de abril de 2007 0
por Gilles Deleuze

(en Christian Ferrer (Comp.) El lenguaje literario, Tº 2, Ed. Nordan, Montevideo, 1991.)

I. HISTORIA

Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel (“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: “me pareció ver a unos condenados...”. Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales.

Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las sociedades de soberanía, cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se precipitarían tras la segunda guerra mundial: las
sociedades disciplinarias eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser.
Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias. “Control” es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al
principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas.

II. LÓGICA

Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones, como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metaestabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del “salario al mérito” no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continúa al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.
En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas jurídicas más temibles: el sobresentimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa. Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada uno de los animales- pero el poder civil se haría, a su vez, “pastor” laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en “dividuos”, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes.
Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del
capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente
a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villasmiseria y guetos.

II. PROGRAMA

No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.
El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la búsqueda de penas de “sustitución”, al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la “empresa” en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales: la nueva medicina “sin médico ni enfermo” que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo
individual o numérico por la cifra de una materia “dividual” que debe ser controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.
Extraído de: www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

viernes, 13 de abril de 2007

Muerte y religiosidad en Pedro Páramo

viernes, 13 de abril de 2007 0
Por Simone Andrea Carvalho da Silva

El binomio Muerte y Vida constituye uno de los ejes de la cultura mexicana, ese espacio pendular de explosiones dicotómicas, expuesto y dispuesto en gestos y palabras que habitan las insinuaciones de cada silencio y de cada punto suspensivo. En ese texto y en ese contexto de mezcla, de subversiones y de extrañamientos, de vacíos abismales y de voces que tantean el mundo, está construida una de las más hermosas y desconcertantes narrativas del siglo XX: Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Escuchar, leer y ver a Rulfo parece darnos la sensación de que su voz retumba desde Comala, ciudad de su única novela, ciudad purgatorio donde los muertos deshabitan un presente sin esperanzas, sin cambios, sin futuro. Ciudad de ánimas en pena que tiene los ojos puestos en las nucas, rumiando un pasado que tendrá siempre el mismo gusto y el mismo disgusto. Ciudad para la cual los muertos vuelven en búsqueda de sus cobijas para calentar la vida que la muerte armó en el infierno al que están condenados. Ciudad de espectros que platican entre ellos y de monólogos que repiten y gastan las pequeñas soledades de vidas en desamparo, desgarradas para siempre de sí mismas.

Juan Rulfo, personaje de Juan Rulfo, parecía deleitarse con el efecto que causaba en sus entrevistadores, protegiendo al otro Rulfo del contacto con las personas y las cosas. En su entorno se creó un mito que él reforzaba y dinamitaba a cada entrevista. Desde frases como “Mucho gusto, el señor está hablando con un muerto” hasta la noción corriente de que elegía los nombres de sus personajes en las tumbas de los cementerios, Juan Rulfo, narrador de sí mismo, desentraña las palabras transformándolas en murmullos de resignación y espanto delante de todo y de todos, ante el éxito de sus narrativas, ante la vida y ante la muerte.

En una charla con estudiantes, Juan Rulfo dice que para el mexicano la relación sagrado-profana ante la muerte intensifica y recrea su trato con la vida y con los vivos. Pero que a los muertos, en la semana del día 2 de noviembre, no queda más que la desesperación, pues perdieron la paz de sus pláticas compartidas entre tumbas: “Debe ser muy interesante vivir dentro de un cementerio y poder platicar con los muertos, deben tener cosas muy importantes que decir (...) y me imagino que los muertos no están solos. Los que los interrumpen son los que van a visitarlos el Día de Muertos, precisamente, con música y mariachis y a llevarles flores y ofrendas y pulque y comida. Entonces es cuando ellos se sienten más a disgusto. Pero en cambio, cuando están solos, platican muy a gusto entre ellos...”.

Esa relación establecida entre Muerte y Vida / Voz y Silencio reviste a Pedro Páramo de un cierto aire de inquietud que debe suscitar algunos cuestionamientos, pues como dijo el escritor Carlos Fuentes: “Con Rulfo siempre hay que estar alerta y preguntar...”. En una Comala católica hasta los huesos —y también después de ellos—, donde todos morían en pecado y, por eso, volvían todos para expiar sus faltas, las oraciones y el hecho de narrar eran la única manera de dar a las ánimas un aliento de salvación. Y más: son ellas las que definen la frontera entre vivos y muertos; son ellas las que hacen recordar a los muertos su condición de muertos, pues una vez perdonados encuentran la paz que les permite dejar de vagar por el mundo de los vivos para habitar, de forma definitiva y tranquilizadora (para los vivos) la espacialidad de la Muerte.

Pero el infierno de Comala reside sobre todo en el hecho de que ya no hay vivos que recen por los muertos y la única persona investida de poderes para perdonar a ese poblado, el padre Rentería, es uno de sus más aplicados pecadores. Corrupto y ganancioso, entrega el perdón por dinero y por él condena a las ánimas a quedarse eternamente sin salvación. No puede ayudar a su comunidad con el perdón de la gracia divina, pues él es apenas uno más destinado a deambular en ese purgatorio repleto de ánimas entregadas a expiar sus pecados. Un purgatorio que, al revés de lo que pregona el catolicismo, es definitivo. Y esa es la gran condena impuesta a esos habitantes: tener la esperanza de salir de ese lugar después de que cumplieran sus penas, vivir de esa esperanza, estando condenados a jamás verla realizarse. Es precisamente en ese punto donde reside una de las innúmeras maestrías rulfianas: los personajes sólo ganan la posibilidad de salir de sus purgatorios individuales y colectivos por medio del discurso narrativo, pues contar una historia es, en esencia, una manera de oración.

Los muertos se encuentran incapacitados de abogar en causa propia y se convierten en dependientes eternos de las oraciones y misas encomendadas a los vivos, con la finalidad de que Dios revea y minimice sus purgatorios. En palabras de Fabienne Bradu, “... para los ‘habitantes’ de Comala Dios está lejos o está sordo, pero es inalcanzable (...) en el supuesto caso de que la existencia de Dios no sea engaño” (1989: 39). En espera de la justicia divina, las ánimas siguen vagando por la ciudad, dividiendo y compartiendo el mismo espacio y la misma temporalidad de los vivos. Sin embargo, si pensamos en la justicia divina como algo ecuánime, percibimos una realidad mucho más difícil de soportar, una verdadera paradoja teológica trabajada en las entrelíneas de esta novela: la justicia de la religión católica es esencialmente injusta, precisamente porque contempla a todos de igual manera. Independiente de cuáles y cuántos fuesen los pecados cometidos, Dios perdona a todos indistintamente. Ese es el dilema: si Dios es misericordioso, Dios es injusto. Por eso los habitantes de Comala desconfían de Dios y de su poder de discernimiento.

En el complejo culto del mexicano a la muerte, las oraciones (y las ofrendas) ocupan un papel central. Volver para visitar a los vivos es un hecho esperado por todos: los preparativos que involucran toda la comunidad (de lo público a lo privado) en la expectativa del retorno de sus muertos en la primera semana de noviembre son grandiosos y dan cuenta de esa importancia. Sin embargo, al fin de las festividades, los muertos deben retornar a su mundo: muchos de los habitantes los acompañan al cementerio para tener la seguridad de que real y definitivamente se van. Quedarse con los vivos representa compartir un mundo y de un lenguaje que ya no les pertenecen, y concretiza la locura de lo indiscernible.

La oración tiene, en esos casos, el poder de procurar al muerto el perdón, que no es más que permitir la capacidad de percepción entre lo real y lo imaginario, entre la razón y la locura, entre la vida y la muerte, entre el sentido único y la pluralidad de sentidos. Y la salvación no está tejida en el discurso litúrgico de la palabra/oración (incapaz de liberar), sino en la palabra/literatura, que libera por la narrativa de un vivo/muerto que parece flotar entre las dos realidades: la de los muertos y la de los vivos. Juan Rulfo narra a los lectores los mundos posibles de un poblado de muertos y presenta caminos y lecturas, preguntas y respuestas soslayadas que dinamizan y revuelven el presente estancado de los habitantes de Comala.

No se puede desvincular la oración del perdón y de su herramienta más directa, la confesión. Como bien dijo Jean Delumeau, “...ninguna otra Iglesia cristiana ni ninguna otra religión dieron tanta importancia como el catolicismo a la confesión detallada y repetida de los pecados” (1991:07). Una de las grandes ambiciones de la Iglesia católica fue justamente esa: la de hacer confesar al pecador para que él reciba del padre el perdón divino y pueda salir confortado, pero no si antes haber pasado por una profunda inquietud moral. Las confesiones en Pedro Páramo están destinadas al fracaso porque sufrieron la intermediación de un padre pecador. No consigue escuchar la confesión de Susana San Juan, que subvierte y explota los nudos del discurso coercitivo de las autoridades paterna y eclesiástica; no oye la confesión de Dorotea por su enorme cantidad de pecados; y por medio de una confesión sin la sinceridad del arrepentimiento, no consigue el indulto ni para sí mismo. Estar muerto en Comala es estar condenado a repetir lo que ya se conoce. Aunque los personajes de la novela parezcan continuar viviendo después de muertas, lo cierto es que sólo imitan las actitudes y los comportamientos que tenían cuando vivos. De ahí la confusión entre muertos y vivos. Estar muerto es, sobre todo, no poder vivir experiencias nuevas. Se vive en cada muerte la representación de una historia acabada, sin la posibilidad de cambios dentro del espacio cerrado de un signo físico llamado libro.

Aunque en un primer momento para algunos la muerte surja como una liberación del fardo y del sufrimiento que es vivir, el muerto sigue dependiendo de los vivos, de sus ofrendas, de sus oraciones, de sus rituales, de sus recuerdos y de sus lecturas. Recordar es la esencia primordial de ese juego de relaciones: porque lo que tiene de peor la muerte, aquello que la reviste de la mayor tristeza y desamparo es el olvido, aquello que poéticamente llamó Gabriel García Márquez la “otra muerte dentro de la muerte”. Y cada año, cuando retornan para el Día de Muertos, los muertos deben ser informados de los hechos y de los acontecimientos más recientes ocurridos en el año en que estuvieron ausentes, porque en el lugar donde están cargan solamente en la memoria lo que habían vivido y sentido hasta el momento de sus muertes. De esa renovación de informaciones depende la movilidad de su presente eterno. Y otra vez la salvación del “muerto/muerto”, así como del “muerto/personaje” está calcada en la palabra, que recorre rituales teológicos y literarios, liberando vivos y muertos. La dependencia es, en esos casos, si no lo es siempre, una calle de doble sentido.

En vez de presentar un espacio disociado entre vivos y muertos, Comala mezcla voces, lenguajes y silencios. Nuestro extrañamiento viene justamente de esa confusión de signos y de significaciones. Muchos fueron los estudiosos que llamaron la atención sobre el hecho de que en esa novela nadie se ve a sí mismo como muerto. El Muerto es siempre el otro, el anterior. Comala existe primeramente como una realidad sonora (y luego visual, con incómodas miradas, amalgamadas en retinas pluralmente fotográficas y poéticas), en la cual, sin embargo, las palabras no suenan. En esa ciudad no existen las cosas, sino el sonido provocado por sus ausencias. Juan Preciado escucha un ruido de chicos en la plaza cuando llega a la ciudad, pero no ve a ninguno, escucha pasos y ruidos de carretas, pero no ve a nadie. Son sonidos de presencias que ya no son y queda el rumor de la inexistencia y de ese recordar renace la imagen de la vida. Es la materialización de presencias que no son y no pueden ser más que ausencias.

En Comala les hacen falta a los muertos, “para que puedan descansar en paz”, no solamente las oraciones, sino principalmente el silencio: “Todo el mundo habla indebidamente: hasta los muertos. La sobreabundancia de palabras impide el silencio, el reposo, el olvido y la progresión natural del tiempo; impide que los muertos se queden donde deberían estar: en el silencio”, nos dicen Bradu y Julio Estrada. Esa demasía de voces asfixia y mata y, como nos dijo Rulfo en la entrevista que citamos al principio de esta plática, causa disgusto a los muertos, que prefieren estar y conversar entre ellos, en su propio mundo, su tiempo y su lenguaje. Por esto Rulfo, en su multiplicidad e ironías interminables, puebla también él el mundo de los muertos de sonidos y de voces, pero no lo hace por la sobreabundancia, sino por la insinuación de palabras e imágenes. Nada sobra en las narrativas rulfianas: del dicho a lo sugerido, del olvido al no me acuerdo (como el título de la película de Juan Carlos Rulfo), todo parece ocupar con perfección el lugar establecido por un narrador que no habla, apenas insinúa por medio de contornos y de neblinas. Al revés de la realidad mexicana “en la cual los muertos están casi siempre en mejores condiciones que los vivos” los muertos de Comala se llevan para el otro mundo todas las angustias y soledades sentidas mientras estaban vivos. Y se quedan refunfuñando en sus tumbas, sintiendo los huesos crujir con la llegada de la humedad y de las lluvias, y esperando volverse comida para los gusanos. Es la conciencia de la muerte en su sentido más visceral y más doloroso. Los muertos actúan como vivos, pero no pueden volver a la vida. No pueden alterar su condición.

Leer a Juan Rulfo es ver y recrear el mundo con los ojos de Juan Rulfo. Ojos de espanto, de tristeza y de pasión por un mundo en constante movilidad. Es llenar a sus personajes y a nosotros mismos, lectores, de posibilidades, de dudas y de cambios. Su palabra está compuesta por una sinfonía de imágenes tales que permiten al escritor, al hombre, al historiador y al fotógrafo Rulfo el tránsito pendular entre lo gráfico y lo visual, entre lo inusitado y lo oculto. Y permite, sobre todo a nosotros, lectores de los espejos y de la palabra rulfiana, la fertilidad de la duda y el grato sobresalto frente a las pequeñas muertes vividas en el mundo cotidiano de esos insólitos personajes que, según Eduardo Rivero, “...al fin y al cabo, somos nosotros. Por eso, arregle sus provisiones y llénese de coraje, amigo espectador, porque el viaje a Comala aún continúa...”.

Extraído de: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/pedro_paramo.pdf

sábado, 7 de abril de 2007

Julio Cortazar - El Perseguidor

sábado, 7 de abril de 2007 3

Julio Cortazar - la subjetividad del tiempo

Monty Python - All-England Summarize Proust Competition

Se traza sobre la historia una línea. Guerras, fuegos cañones y nada de fiesta. Unos pájaros se escuchan en el parque. Gente juega y el sol se apaga. Cigarros, alcohol, marihuana. Pasar páginas, una tras otra y tendiendo otra línea desde el subsuelo. La tierra que no tiene otros nombres por que no se necesitan. El recogimiento de la historia no necesita la tierra. Su línea es evidentemente una línea sobre la tierra. El polvo sube y la impregna, pero solo dejando un trazo en los rostros: dos agujeros negros. Únicamente mirar. El juicio de la historia. Una música orquestal precede sus caños. Un batalla en donde muñecos batallan. Todo un ejército de tambores precede sus ejércitos de hombres con máscaras y puestos. El mundo gira y resuenan los ecos. Los cuerpos se balancean. Se une la guitarra. Matiza.
Chio
 
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