sábado, 2 de junio de 2007

De la música como sonido del alma: Hegel y la comprensión filosófica de la segunda de las artes románticas.

sábado, 2 de junio de 2007

Jorge Prendas

En consecuencia, el problema fundamental de la música consiste, no en hacerse eco armonioso del mundo exterior, sino en hacer resonar las más intimas cuerdas del alma. [1]

Hegel, G.W.F


En el curso histórico--evolutivo de las artes desde sus formas simbólicas más elementales y presentes en sociedades antiguas como la egipcia, pasando por las manifestaciones clásicas en Grecia y Roma, hasta la llegada de las propiamente modernas o cristianas como son las románticas, el criterio filosófico fundamental que ha seguido Hegel en sus Lecciones de Estética ha sido uno solo primordial: la materialidad. En definitiva, este es el principio hermenéutico--metodológico que anima la construcción de un sistema de las artes con sus respectivas jerarquizaciones, a saber, el ascenso gradual y progresivo de la cultura o del espíritu desde las formas más pesadas y poco dúctiles tales como la arquitectura --forma de arte más imperfecta, incapaz de representar con la materia grave el principio espiritual bajo una forma adecuada al mismo (Hegel, 1985, 143)-- hasta la más libre de toda restricción impuesta por la materia, como lo es de acuerdo a la tesis hegeliana: la poesía.


En este trabajo dedicaremos toda nuestra atención, a la así llamada por Hegel, segunda de las artes románticas dentro del orden de importancia o de liberación de la materialidad, junto con el mayor acercamiento progresivo a la libertad. En este sentido, nos interesa fundamentalmente explorar el diagnostico hegeliano, en primer lugar, acerca de la relación que mantiene la música con las demás artes figurativas, tales como la arquitectura, la escultura y la pintura, pero ante todo brindando una mayor importancia a la aclararación filosófica de la relación existente entre música y poesía. En segundo lugar, será importante determinar la manera, como señala Hegel, en que la música puede concebir y representar sus temas. En tercer lugar y finalmente, es básico indagar la particular acción que produce la música en el alma, en contraposición con las demás artes, aquí la pregunta será: ¿qué sentimientos despierta la música?, o ¿cuál parte de nuestro espíritu se ve movido por ella? Empecemos por realizar algunas precisiones conceptuales en torno del contenido y forma de la música desde la óptica de nuestro filósofo, así como de algunos de sus elementos principales.


Si el espíritu, señala Hegel, debe manifestarse en realidad con su propio carácter de íntima concentración –necesidad de la cual ya la pintura representaba un primer acercamiento— será preciso que el elemento físico sustentador de dicha expresión no sea de tal naturaleza que muestre una permanencia absoluta tal como la que aparece en la escultura. Al contrario, esta forma artística deberá ser un modo de expresión cuya forma sensible no tenga nada de extenso y fijo, o en la cual los signos materiales se desvanezcan tan pronto como sean producidos, y en la que exista además una absorción completa del alma por sí misma, tanto en el aspecto de la expresión exterior como del sentimiento íntimo (Hegel, 1985, 144), cosa que se verifica por completo y de mejor forma en la música, como segunda de las artes románticas. En este sentido, el elemento que sustente la representación de la más íntima profundidad del espíritu no puede ser la piedra –ya sea en la arquitectura o escultura-- en tanto que esta es inmutable y dada de una vez para siempre. Los sentimientos que conforman al espíritu, esa es la tesis hegeliana, son más bien todo lo contrario: cambiantes, insatisfechos, anhelantes, etc.


Por otro lado, la forma artística que mejor se puede compenetrar con la interioridad de la subjetividad moderna es la música, en tanto que la subjetividad al ser capaz de adoptar como suyo el principio universal del cambio puede y necesita interactuar con una forma artística que corresponda con su estructura interna de constantes mutaciones. Con esta serie de elementos revolucionarios, Hegel se permite avanzar entonces hacia una conceptualización filosófica de la subjetividad moderna como devenir constante, perpetuo fluir, en permanente tensión con el mundo y sin reconciliación definitiva con este. Una subjetividad, como señalaría Adorno, capacitada de trascender el pensamiento de la identidad, de lo reificado, dado o inmutable. De ahí la enorme importancia de la música, como forma de expresión artística mejor sintonizada con la subjetividad, para este filósofo situado en la estela del análisis estético hegeliano.


Ahora bien, a las consideraciones ya señaladas, Hegel añade una más de enorme importancia, a nuestro juicio, dentro del análisis de la segunda de las artes románticas en comparación con el resto de las artes figurativas. La música, señala Hegel, en lugar de dejar que el elemento sensible o material por medio del cual se expresa se desarrolle por sí mismo –el sonido--, como lo hacen las otras artes, o en lugar de forjar una forma positiva y permanente, se encarga de aniquilar toda forma sin permitirle reivindicarse, frente al pensamiento que expresa y al espíritu al cual se dirige, una existencia independiente y durable (Hegel, 1985, 145). Por esta razón, la música, esa es la tesis que quisiéramos defender en estas líneas, vendría a convertirse como manera de expresión romántica de la interioridad moderna, en la forma artístico--sensible más revolucionaria de todas las formas, en la más inquietante y con mayor compenetración de la espiritualidad humana, con sus anhelos y deseos, con los sueños diurnos y nocturnos, con las pulsiones, inclusive con las promesas de una humanidad reconciliada, con la esperanza en una sociedad más justa y humana, en definitiva más racional. Este es el carácter primordial que presenta la música, la negación radical o destrucción de todo lo solidificado y anquilosado, que Hegel describe de la siguiente manera:

Sin embargo, si bien la música destruye la forma visible, todavía retiene algo que la vincula a las artes figurativas y que nos recuerda su procedencia, ya que debe moverse en el seno de la materia, de la cual es negación. Sólo que esta materia, hasta ahora en reposo, se pone en movimiento. (Hegel, 1985, 145).


Así pues, la música como tal –en su constitución interna—debe y necesita abandonar el elemento contemplativo de la forma visible, según Hegel, para buscar el apoyo de un órgano distinto que no pertenezca como la vista a los sentidos prácticos, sino más precisamente: a los teóricos. Ese órgano distinto y privilegiado respecto de la vista es el oído, en tanto que capacitado para abandonar toda observación pasiva o desinteresada en favor de una actividad que pueda detectar sin exigencias la más mínima alteración de los cuerpos mediante la cual estos abandonan la inmovilidad de la forma material para revelar una primera animación ideal. Nos parece fundamental recalcar esta tesis de Hegel, y darle la importancia merecida, pues ella apunta a que mientras existe y puede haber una apropiación pasiva de la obra de arte figurativa, no sucede así en cambio con la obra de arte musical, originada desde su inicio mismo a la estimulación de la actividad en el sujeto que escucha, incitándolo a la materialización o realización de su libertad, permitiendo y abriendo campo a la imaginación de este como poder creativo y constructivo. Por todo ello, desde nuestra perspectiva, la música es el modo de expresión más apropiado a la naturaleza del principio espiritual, y a la vez el arte con mayor capacidad de invocar la transformación del mundo y todo lo que se encuentre a su alrededor. Más adelante volveremos sobre esta idea.


Como ya señalamos anteriormente, el elemento material y concreto de la música es el sonido. Y de hecho este es, según Hegel, una doble negación, un fenómeno que se destruye a sí mismo –como ya hemos sugerido-- en el propio momento de nacer (Hegel, 1985, 146) y que por tanto necesita –Hegel intuye aquí y adelanta el planteamiento de Walter Benjamín—la reproductibilidad técnica.[2] Con esto, el elemento material de la música es el que mejor se acerca y reconstruye la profunda estructura dinámica de la modernidad, una etapa histórica de la humanidad caracterizada por asumir la propia comprensión de sí misma como cambiante, revolucionaria de formas y contenidos, en definitiva en proceso a llegar a ser. Al respecto, apunta nuestro autor:

De tal modo, el sonido es ciertamente una manifestación exterior; pero su característica es precisamente la autodestrucción, la autoaniquilación. Apenas ha sido afectado el oído, ya entra en el silencio. La impresión penetra en el interior; los sonidos sólo resuenan en las profundidades del alma enmudecida, conmovida hasta en lo más íntimo de su ser (Hegel, 1985, 147).


Ahora bien, es importante aclarar --como ya habíamos anunciado-- la relación existente entre la música y las demás artes figurativas, para después pasar a aclarar el vínculo existente entre esta y la poesía. Con respecto a la primera de las artes, y la menos evolucionada de todas --la arquitectura— Hegel señala que aunque la música se opone a ella, al mismo tiempo mantiene una estrecha analogía con esta. Lo primero que habría que señalar, según Hegel, es que en la arquitectura no se logra manifestar enteramente la idea que intentan expresar sus formas arquitectónicas, como si sucede por el contrario en la escultura y la pintura. Distinta de estas, la arquitectura sería envoltura exterior (Hegel, 1985, 149). Esto quiere decir fundamentalmente, en nuestra interpretación, que la arquitectura es la menos libre de todas las artes en tanto que el principio de la interioridad aún no se asoma en ella. Dicho de otra manera: el sujeto histórico encargado de producir la obra de arte arquitectónica no se encuentra aún en posesión autoconsciente de su producto, y por lo tanto no sabe que la obra de arte es su obra, es decir, que lo que aparece en la exterioridad es su subjetividad puesta en acto. No puede saberlo no solamente porque aún no esta preparado simbólicamente para asumir tal noticia, sino además porque la época histórica como tal, no le permite asumirse como un creador libre de su producto –ese es el rasgo que define a las sociedades antiguas—en contraposición a la modernidad. De aquí surge la razón de que las grandes obras arquitectónicas de la antigüedad, aparezcan comúnmente con un carácter anónimo, y no podamos saber con exactitud el nombre de su productor.


De esta manera y debido a lo anterior, es que la identidad entre forma y fondo, o entre sujeto y objeto, quedará fragmentada en la arquitectura, lo cual sucederá --aunque de manera opuesta-- en la música. Pero, ¿en donde yace la razón de que la música se convierta en una arquitectura de signo inverso? Esta lo es, según Hegel, en tanto que se limita o especializa en expresar el sentimiento o interioridad del sujeto, acompañando las concepciones del espíritu con sonidos melódicos que hablan al sentimiento sin entrar aún en tensión con lo objetivo. Esto quiere decir que si bajo el dominio de la arquitectura, en las formas de arte simbólico, la subjetividad aún no encontraba cabida alguna, ahora en la música como forma de arte romántica esta encuentra su punto máximo de desarrollo –unilateral—en la medida que tal interioridad se refugia en sí misma como una totalidad cerrada y “no encuentra una salida” a la exterioridad, tal y como si sucede en la poesía dramática. Esta tesis de Hegel es bastante discutible, y de hecho disentimos profundamente de ella, pues no creemos que la música como tal invite a una actitud cerrada y sin tensión con el mundo, o sin diálogo objetivo con este, pues en todo caso --si de sentimientos se trata-- estos se forjan siempre en interacción con el mundo y no en la reclusión sobre el sí mismo. Sabemos que el mundo no se transforma meramente con los sentimientos, o en base a una abstracta sentimentalidad, pero de ahí a negar el potencial y capacidad real de estos en la transformación del mundo nos parece sumamente sesgado. Al fin y al cabo, si no se puede sentir dolor ante el sufrimiento de los otros, furia ante la injusticia social, esperanza por un mañana mejor: ¿cómo podrá iniciarse la transformación del mundo?


Ahora bien, todavía puede compararse la arquitectura y la música, siguiendo a Hegel, en otro sentido. Como es bien sabido, la primera no toma sus formas de la realidad natural tal y como aparecen bajo tales dominios, sino que inventa y saca de la imaginación estas para trabajarlas según las leyes de la gravedad y a las reglas de la simetría y de la euritmia (Hegel, 1985, 150). Así pues, bien señala Hegel, en su dominio la música procede de idéntica forma puesto que toma y sigue las leyes armónicas del sonido, las cuales se basan en principio en relaciones de número y cantidad. Por otra parte, esta debe introducir de distintas maneras la regularidad y simetría como retorno de la medida y del ritmo. La música tiene así su propia “estructura arquitectónica”, basada en elementos rígidos –al menos en su versión dominante y tonal—no así en la atonal en donde ni la regularidad, ni la simetría, mucho menos el ritmo constituyen elementos importantes o predominantes a tener en cuenta. En este sentido, no podemos culpar a Hegel, puesto que este no llegó a conocer nunca una música distinta de la tonal, y esto convertiría cualquier crítica en este respecto en un anacronismo. Como sea, todo esto conlleva a una paradoja explícita, señalada por nuestro autor: en la música convive la expresión de los sentimientos más profundos del alma con la más rigurosa supeditación a las leyes del entendimiento. Veamos lo que dice Hegel:

Es precisamente en esta separación donde la música adquiere un carácter arquitectónico; cuando, renunciando a expresar el sentimiento, se lanza a construir por sí misma y con desbordada imaginación un verdadero edificio de sonidos musicalmente reglados (Hegel, 1985, 150).


Así pues, la relación de la música con las restantes artes figurativas esta configurada o determinada, siempre siguiendo a Hegel, por el principio esencial que anima la música –y que ya hemos mencionado-- como lo es: la expresión más profunda de la interioridad y del sentimiento puro[3]. Es este principio el que marca los puntos de encuentro o desavenencia existentes entre las distintas artes y la música. Y precisamente por eso, es que la es música esta posibilitada para hacer resonar en los sonidos la más profunda vida íntima, los misteriosos movimientos del alma, tal es de acuerdo a Hegel: la difícil tarea que le corresponde a la música. Al respecto, y siguiendo el criterio ya establecido, nuestro autor señala que es la escultura la forma de arte que se aleja más de la música y su principio de interioridad, al menos en dos sentidos: en cuanto al aspecto de sus materiales empleados, como en el de la fusión perfecta –aquí parece haber un desliz de Hegel—entre la idea y la forma que la escultura es susceptible de realizar. Decimos desliz de Hegel, puesto que la escultura en realidad no ocupa dentro de su sistema de las artes el lugar privilegiado –-reservado para la poesía-- como forma más acabada en cuanto a la fusión de la libertad con la forma, o de la elevación de lo espiritual respecto de lo material.


Ahora bien, al contrario de la escultura, señala Hegel, de todas las artes existentes es la pintura la cual mantiene el mayor grado de afinidad con la música. Esto debido tanto a la profundidad del sentimiento, que domina en ambas sobre la expresión, como por la análoga manera de tratar sus materiales; hasta tal punto que la pintura casi osa entrar en el dominio de la música!!! (Hegel, 1985, 151) El que la pintura casi se atreva a lograr entrar en el dominio de la música, significa que la expresión de la subjetividad o de la interioridad representada a través de esta forma artística es casi total. Sin embargo, ese lugar especial queda únicamente reservado para la música y su elemento material específico como es el sonido, que como tal se encarga de expresar y conjurar de la manera más elevada lo trágico en el mundo, llevando a cabo la tarea de posibilitar la autocomprensión de lo humano, que siempre implica la comprensión del mundo y no un alejamiento conservador de este. Aquí se encierra, a nuestra manera de ver, en unas pocas palabras, el proyecto monumental de la transformación activa y total de lo Real.


Aclaremos por ahora el vínculo que nos hacía falta, a saber, aquel que se tiende entre la música y la poesía, de acuerdo con el esquema formulado por Hegel. Este comienza señalando que la música tiene la mayor afinidad con la poesía en tanto que ambas utilizan el mismo elemento sensible: el sonido. Ahora bien, aunque ambas se dediquen a la utilización del sonido como un elemento central dentro de su conformación artística, difieren enormemente en cuanto a la manera en que se emplea este, así como en cuanto a la manera de expresarlo. Mientras que en la poesía, insiste Hegel, el sonido no esta modulado o trabajado artísticamente mediante instrumentos inventados por el arte, en la música es evidente que esto forma parte esencial del arte mismo.


Un segundo elemento que distancia a la música de la poesía es el referido, de acuerdo a Hegel, a la forma en que ambas artes consiguen despertar la imaginación y capacidad de representarse objetos. Mientras que en la música, la representación de objetos siempre se verifica de una manera indirecta y no inmediatamente por el puro procedimiento musical de tratar los sonidos, en la poesía se da una expresión directa de las sensaciones, los pensamientos y las concepciones del espíritu, aunque esta no pueda lograr la clara plasticidad de la escultura o la pintura, lo cual la obliga para suplir estas faltas a llamar en su ayuda a la propia percepción de los objetos y al conocimiento que tenemos de los sentimientos, independientemente de la palabra (Hegel, 1985, 156).


En tercer lugar, la música se diferencia de la poesía en tanto que no guarda una distancia mayor con respecto a esta y al pensamiento propiamente dicho, pues fácilmente se conjuga con un tema ya tratado por la poesía. En esta unión entre poesía y música, Hegel vislumbra, más que una potenciación de la artes un perjuicio para ambas, no una complementariedad sino una oposición mutua. Desde nuestra perspectiva, este es el gran fallo hegeliano. En verdad no existe una oposición radical entre poesía y música, y pensamos más bien que la implementación de la música en la lectura o dramatización poética puede perfectamente potenciar el mensaje de esta. Existe de parte de Hegel una gran ceguera al respecto, al querer mantener a estas dos artes aisladas respecto de sí, divididas y sin conexiones. Hegel crítica duramente, en este sentido, a la ópera como una representación y desarrollo de fecundos textos musicales a la par de mediocres desenvolvimientos poéticos, pero en tal proceder muestra su prejuicio fundamental: el filósofo considera a los sentimientos –expresados sensiblemente a través de la música—como opuestos a la racionalidad esbozada en la palabra por medio de la poesía. ¿Por qué tal proceder de un pensador dialéctico? Esta tajante delimitación en esferas de la primera y segunda de las artes románticas, no deja de ser extraña para cualquier conocedor de la filosofía hegeliana, lo cual significa que debe ser profundamente cuestionada. Veamos lo que dice nuestro autor:

En general, en semejante alianza de poesía y música, el predominio de una perjudica a la otra. Por consecuencia, si el texto poético es en sí de valor perfectamente independiente, solo alcanzará de la música una mediocre asistencia… Por el contrario, si [la música] reclama la jerarquía de su propio valor e independencia, el texto poético debe ser superficial, limitándose a expresar sentimientos generales con pensamientos e imágenes también generales. (Hegel, 1985, 157)


Exploremos brevemente el último tema propuesto al inicio del trabajo, como era el de reconocer los efectos particulares que provoca la música sobre el espíritu, o en el alma de acuerdo al diagnóstico hegeliano. En primer lugar, Hegel señala que el carácter de la música no es despertar las concepciones del entendimiento, ni evocar en el espíritu las imágenes que dispersen su atención --sino que como ya hemos señalado reiterativamente—es concentrarse en la profunda región del sentimiento y a partir de allí mover las más íntimas fibras del corazón humano, conmoviéndolo y sacudiéndolo por completo para ponerlo de pie hacia la acción.


Ahora bien, en efecto, como bien señala Hegel, en la música los sonidos tienen una existencia independiente del alma que los escucha. Esto provoca un fenómeno muy interesante, que tal vez únicamente se verifique por completo en la música y su esfera particular. La oposición inicial y aparente en la independencia de los sonidos –no llega como en las otras artes figurativas-- hasta una inmovilidad en la cual se presente un espectáculo permanente o inmóvil. Por el contrario, en la música se desarrolla un tipo de espectador –como ya habíamos señalamos-- menos pasivo frente a la creación estética, es decir, más involucrado con la construcción de la manifestación artística por sí misma. Esto se debe a dos razones particulares, por un lado, el carácter propio de la música como forma de representación creativa, y por el otro lado, el elemento material de esta como es el sonido. Esta forma de representación que se autoaniquila, y que ya en el momento de su nacimiento tiene el de su muerte, es la forma artística más revolucionaria de todas la que invita de mejor y mayor manera a la transformación social de la realidad. Esto no sucede en la arquitectura, la pintura, ni mucho menos en la escultura cuya forma de percepción de lo real es reificante y sacralizadora de lo existente. Por todo ello señala Hegel:

Pero esta oposición no llega, como en las artes figurativas, hasta la inmovilidad de un espectáculo permanente, durable, exterior, que permite contemplar objetos existentes por sí mismos. Por el contrario, el carácter de los sonidos es la instantaneidad, el desaparecer y sucederse rápidamente sin dejar huella (Hegel, 1985, 160).


Para finalizar estas líneas quisiera señalar un último elemento, a mi juicio sugerente, a partir de la lectura del texto hegeliano. Este elemento se refiere a uno de los peligros que amenaza directamente a la música como forma de arte romántica, de acuerdo a Hegel, y que podría llevar a esta a perder gran parte de su atractivo e importancia como forma de manifestación artística. Hegel se refiere a la primacía de la técnica sobre el proceso imaginativo o creativo del artista, a la reducción somera, arbitraria, de la obra de arte a sus condiciones o posibilidad o ejecución. Si la obra de arte llegase sucumbir ante la técnica eso significaría su desaparición, y con ello la pérdida de su verdadero atractivo tal cual es la manifestación sensible de la libertad y de la espiritualidad del creador puesta en acción. Veamos las palabras de Hegel entorno a este tema:

Este nuevo carácter que toma la obra musical, en el aspecto de la ejecución, completa el sentido profundamente subjetivo de la música. Más por este lado la tendencia personal puede desarrollarse de manera exclusiva y llegar a un límite en el cual la virtuosidad de ejecución sea el interés principal y el fondo mismo de la fruición estética (Hegel, 1985, 164).


Bibliografía

Hegel, G.W.F., Estética, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1983.

Hegel, G.W.F., Lecciones de Estética, Ediciones Siglo XX; Buenos Aires, 1985.

[1] Hegel, 1985, 146.

[2] Al respecto dice Hegel: “Puesto que los sonidos no tienen –como un edificio, una estatua, un cuadro,-- permanencia objetiva y durable, sino que desaparecen y se desvanecen después de haber resonado durante un instante en nuestro oído, en razón de esta instantaneidad el arte musical necesita la reproducción renovada sin cesar (Hegel, 1985, 164).

[3] Precisamente porque la música tiene esta capacidad de narrar lo interno más profundo en el sujeto, o de liberar las energías y pulsiones ocultas en este, es que Hegel apunta: …si es verdad que el arte suaviza los infortunios trágicos más terribles. Trasformando el dolor en goce, es preciso reconocer que la música logra esa liberación en su más alto grado. (Hegel, 1985, 152).

Jorge Prendas

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