viernes, 2 de marzo de 2007

Ontología del Pasamontañas

viernes, 2 de marzo de 2007

Empezemos por desmenuzar una pregunta ya convertida en tópico: ¿Qué sentido tiene seguir hablando de ontología cuando lo real se desvanece en el simulacro, cuando la pregunta por la verdad ha sido desalojada del horizonte del sentido, cuando del lenguaje solo nos queda la pragmática? Desde nuestra perspectiva, la única respuesta aceptable consiste en hacer notar que la pregunta está mal planteada, que en su enunciación se reduce toda ontología a la tríada ser-verdad-lenguaje según su acepción clásica.

Así pues, la pregunta podría –debería– reformularse, desde un desplazamiento, siguiendo una perspectiva que podríamos adjetivar como nietzscheana ¿Qué otras ontologías son posibles más allá de la acepción moderna de ésta, de cuáles de ellas nos hemos visto privados al seguir anclados en esta posición? El rastreo de una de estas posibilidades constituye el objetivo de esta ponencia: cartografiar una ontología que se reconoce como política, si es que hay alguna que no lo sea, que constituye en su presentarse una crítica global al actual estado de cosas y que trabaja para su abolición. Una ontología que como veremos se articula a partir del trabajo vivo, única potencia creadora frente a la mistificación del salario y del rédito, que hace del conflicto su consistencia para el desarrollo de la guerra social.

Podríamos llamarla comunismo, y bueno sería que fuese a sí, aunque sólo fuera para recuperar esta palabra, cubierta aún hoy por una costra de infamia debido a los años de explotación colectivista sufridos en los países del Este y de la periferia, costra que es necesario hacer saltar para que el concepto recupere su dynamis originaria. Qué otra acepción tiene el comunismo sino una ontología de la resistencia. Que otra cosa significa la definición que Marx y Engels hacen del comunismo en La ideología alemana: "Llamamos comunismo al movimiento real que destruye al estado de cosas presentes."

Hasta aquí el planteamiento de la problemática: la ontología que perseguimos es aquella que se sitúa en la abolición del estado de cosas presentes, cuya presencia implica una sustracción a las actuales relaciones de poder. En primer lugar tendríamos que aclarar qué entedemos por estado de cosas presentes, lo que nos obliga a un cambio de perspectiva, a plantearnos una aproximación fenomenológica en lo referente al estado de cosas y una perspectiva diacrónica por lo que hace referencia a su temporalidad. Para esto debemos resituar una problemática a nuestro entender generalmente mal formulada: el tránsito de lo moderno a lo posmoderno, que es el actual estado de cosas, lo que se debe combatir.

Los defensores de la modernidad no se oponen a lo posmoderno desde una perspectiva actual, sino que se entretienen en buscar en sus armarios apolillados unas camisas viejas que sólo pueden suscitar el ridículo. En el otro lado, los apologetas de lo posmoderno, creadores de las soft-ideologies, defensores de todo lo que suene cool, no son tan diferentes como les gustaría presentarse frente a sus oponentes. En el fondo, en la era del fin de las ideologías tiene lugar la última batalla ideológica en el sentido más chabacano y grosero del término. El problema de estos autores reside en no ver que lo posmoderno no son los escritos y el pensamiento de los que así se autodenominan, sino que posmoderna es la sociedad entera: la forma-Estado a la que nos enfrentamos, la policía que combatimos, las modalidades de control en que permanecemos son posmodernas. La problemática modernidad-posmodernidad debe reformularse como tránsito, como pasaje de un estado de cosas a otro, no como polémica entre valores, aunque se de una diferencia de valores que subyace a este pasaje. Y a ello nos dedicaremos en lo que sigue.

Antes de seguir me detendré en una noticia aparecida en los periódicos el pasado mes de septiembre, la demolición del estadio de Sarrià. La detonación de las tribunas del estadio fue presentada como una gran fiesta para la ciudadanía, las cámaras de la televisión retransmitieron en directo el espectáculo. Obscenidad de la mirada catódica, la detonación del estadio pudo verse desde todos los ángulos posibles e imposibles, incluso se situó una cámara enmedio del estadio cuyo sacrificio permitió una panorámica global de la detonación. Sin embargo, a la perfección televisiva tuvo que contraponérsele la decepción real. Aquellas personas que asistieron a ver cómo se efectuaba la implosión del estadio de Sarrià marcharon decepcionados. Desde fuera parecía como si nada hubiera acontecido. Los muros de las tribunas seguían en pie, como si aún pudiésemos escuchar el griterío de la hinchada; y en cambio ya nada de eso era posible, se había atravesado un dead-point, un punto de desvanecimiento que hacía la situación irreversible y más allá del cual ya no había estadio, ni tribuna y las macizas paredes que permanecían en pie sólo tenían que aguardar el lento trabajo de la piqueta hasta su demolición definitiva. Algo parecido ha sucedido en el tránsito de la modernidad a la posmodernidad, hemos atravesado un punto de masa crítica más allá del cual todo ha cambiado, lo social ha implosionado el constructo ontológico de la modernidad se ha desmoronado a pesar de que aún podamos contemplar sus ruinas, por poco tiempo, los trabajos de limpieza son cada día más eficientes. Podríamos servirnos de Elias Canetti para comentar este paso:

"Una ocurrencia dolorosa: la de a partir de un punto preciso en el tiempo, la historia dejó de ser real. Sin percatarse de ello, la totalidad del genero humano de repente se habría salido de la realidad. todo lo que habría sucedido desde entonces ya no sería en absoluto verdad, pero no podríamos darnos cuenta de ello. Nuestra tarea y nuestro deber consistirian ahorar en decubrir este punto, y hasta que no diéramos con él, no nos quedaría más remedio que perseverar en nuestra destrucción actual."

Baudrillard, comentando a Canetti, cree que este punto se nos hace inalcanzable, que es imposible desde nuestra posición conseguir determinar dónde se sitúa el punto de desplome del edificio de la modernidad; lo que sucede es que Baudrillard ve en lo posmoderno una aceleración de la modernidad más allá de sus límites, una metástasis del objeto que desaparece en la esfera del simulacro. El problema de Baudrillard es su continuidad, el permanecer en ella ante la imposibilidad de señalar un punto de inflexión tal como nos pide Canetti, una ruptura que marque el tránsito. Y este punto de ruptura, desde nuestra perspectiva, se encuentra en la derrota.

En la derrota de la subjetividad obrera en la lucha por su liberación. Esta derrota, acontecida en el curso de los años 70’, despues del impresionante ciclo de luchas que durante los años 60’ y 70’ conmocionaron al mundo entero. Esa derrota debe ser interpretada como el aborto perpetrado contra el nuevo mundo que estaba por venir, como la derrota de todo un imaginario político de liberación. Se trata de una derrota en primer lugar política.

Pero también y ante todo una derrota ontológica, es toda una concepción del ser y de la realidad que se viene abajo, que se derrumba en este tránsito, más allá de la cual se nos hace imposible seguir hablando en términos de sujeto-objeto, procesos teleológicos, es decir orientados a un fin, dialéctica de las luchas de clase...

Ahora bien, esta derrota ontológica y política no significa el aniquilamiento del antagonismo, no deja de ser la obertura a un tránsito, a un entre, existe aún la posibilidad de que la correlación de fuerzas actual sea invertida ya que si bien ha sido derrotado el sujeto portador del antagonismo, la clase obrera en y para sí, el antagonismo no ha sido derrotado. Par decirlo en palabras del anarquista y abertzale euskaldún Mark Legasse: "El viento de la derrota transporta las semillas de la subversión." El antagonismo persiste e insiste en nuestras metropolis y puede perseguirse en sus distintas presencias, en las formas que tiene de habitar el espacio. Perseguir itinerantemente el antagonismo como tendencia abierta y no persistir en su captura como se intenta desde las ciencias sociales sedentarias sería el objetiva de una investigación social nómada, o vagabunda como también ha sido adjetivada.

Sin embargo, no partimos de cero, gozamos de una ayuda, Marx ya había augurado este cambio de escenario, lo hizo en algunas partes de los Grundisse, como el "fragmento sobre las máquinas", analizando los procesos intrínsecos del dinamismo capitalista aventurándolo como posibilidad, así como en el capítulo VI inédito del libro I de El Capital. Allí el discurso marxiano deviene profético y nos señala la posibilidad de un tránsito de la subsunción formal del trabajo en el capital a su subsunción real, en el punto donde toda la sociedad deviene productiva, donde no hay ya ninguna esfera de trabajo que se sustraiga al dominio del capital, pero este a su vez se hace más parasitario que nunca, ya es innecesario para el proceso de valorización y ejerce un comando puramente político sobre las relaciones de producción. Tiene la necesidad de asegurar su permanencia su dominio y lo hará sin escatimar ningún medio.

En este transito, es la misma naturaleza del trabajo social la que ha cambiado, nos encontramos ante la era de la hegemonía del trabajo inmaterial, donde la cooperación social y la comunicación constituyen el núcleo en torno al cual se articula la producción. La clásica distinción marxista entre trabajo manual y trabajo intelectual pierde su sentido, ante la preeminencia absoluta del trabajo inmaterial, asistimos a una desterritorialización del capital en la sociedad entera. Encontramos sectores clave de este trabajo inmaterial como la publicidad, la informática, el sector audiovisual, la empresa educativa y todo el conglomerado de actividades diversas englobadas bajo el auge del terciario.

Esta tendencia a la abstracción del trabajo hasta su inmaterialidad ya empezó a resultas del desarrollo de la técnica a comienzos del siglo XX, y fue intuida en los escritos parisinos de Walter Benjamin, se acentúa con la derrota obrera y su desestructuración de la composición técnica y política como clase. Actualmente no podemos seguir hablando de clase obrera sino de desnuda fuerza de trabajo. Por supuesto esto no significa la anulación de la contradicción capital trabajo sino que puede leerse como su máxima acentuación. Nos encontramos frente a un verdadero proceso de dualización social cada vez más acelerada, no únicamente entre norte y sur sino también y sobretodo en las grandes megalópolis del norte. Actualmente el proceso de subsunción no sucede únicamente en el espacio cercano sino que es una categoría mundial, por lo que las nociones de centro y periferia deberían ponerse en cuestión, estamos ante lo que Guattari ha llamado Capitalismo Mundial Integrado, la negación de toda exterioridad.

Asistimos al emerger de una nueva pobreza, de una mano de obra polivalente y altamente cualificada pero desprotegida e incapaz de asegurar sus rentas ante un mercado de trabajo altamente flexibilizado. Este proceso es paralelo y se ve acelerado como consecuencia del desmantelamiento de las redes de seguridad colectiva, el Estado-providencia. Se trata de la respuesta capitalista a la emergencia del trabajo inmaterial, la necesidad de realizar una segunda acumulación originaria, en su sentido marxiano, por lo que necesita desmantelar todas las rigideces que la clase obrera había impuesto al plan del capital, de allí el éxito de todas las recetas del llamado pensamiento neoliberal o pensamiento único que no son sino el revés de la moneda del plan keynesiano. Así el contrato fordista, base de la estabilidad y crecimiento de la economía capitalista durante la posguerra ha sido rescindido por el propio capital. Una vez más la violencia desnuda se convierte en condición sine qua non para el primer ejercicio del robo que posteriormente será sancionado por la ley.

Pero este intento de apropiación de la potencia de la cooperación social es y debe ser contestado, posiblemente estamos asistiendo al inicio de un nuevo ciclo de luchas que tienen como escenario el trabajo inmaterial. Las huelgas de diciembre del 1995 en Francia, el movimiento okupa en el Estado español, el alzamiento zapatista en el sudeste mexicano podrían ser ejemplos de esta lucha. A pesar de sus diferencias, que son muchas, en una la lucha se realiza desde el cadáver de los sindicatos, en la otra desde los territorios y en la tercera a partir de la constitución de una guerrilla. Las tres ponen en el centro la necesidad de reapropiarse de la cooperación social frente al expolio del Estado. Las tres se sitúan en una lucha por el rédito más que por el salario. Y en las tres se trata de una lucha sin sujeto pero productoras de múltiples subjetividades.

El antagonismo en la era de la subsunción real carece de sujeto, y por tanto de identidad, pero deviene crisol de subjetividades, de formas de vida, ya que su interior se encuentra atravesado por múltiples procesos de singularización.

Nos encontramos frente la revuelta del trabajo vivo frente al comando del capital. Nunca el comunismo ha estado tan próximo, entendido en su acepción de liberación del trabajo, en el doble sentido del termino: liberación de la potencia creadora del trabajo vivo frente al dominio del capital, y también de nuestra liberación del yugo del trabajo asalariado, que actualmente se presenta bajo la dualidad trabajo-paro. Lucha por el rédito, por bloques de espacio-tiempo liberados y llenados con vida como condición de existencia.

Por supuesto la proximidad del comunismo no implica su necesario advenimiento, no hay aquí ninguna teleología ni optimismo, estamos asistiendo a un verdadero despotismo del capital convertido en gestor de una violencia y un sufrimiento que se presentan en proporciones desmesuradas, no hay transición pacífica posible, ni para el comunismo como transición.

Pero esta contraviolencia que debe oponerse al dominio del capital no puede imitar sus mismas formas, quedan descartadas la lucha armada y las forma-partido como disposiciones del antagonismo en la actualidad.

Ante un antagonismo sin sujeto, ante la crisis en que se encuentra el paradigma político clásico es necesario inventar nuevas formas de hacer política, que quede claro, cuando hablamos de inventar no nos referimos a crear desde la nada sino a hacer actual lo que ya existe. El antagonismo actual no admite la representación, la reconducción de lo múltiple a lo uno, sino que se despliegan a partir de la experimientación de formas democráticas no representativas, plan de inmanencia que incorpora la multiplicidad en su seno, siempre n dimensiones menos uno, multiplicidades que se sustraen a la unidad que las sobredeterminaría, y esto vale incluso para la asamblea rígida presentada antaño como sublimación de la democracia directa.

Asistimos a un proceso de demolición del Leviathan moderno, conceptualizado por Hobbes, a nivel molecular en que las categorías políticas de antaño deben ser repensadas. Una potencia subterranea de liberación del trabajo vivo que se sustrae al control de lo uno. Se trata de un pasamontañas trazado en el interior de la metrópolis, al calor del cual se engendran nuevas singularidades sin identidad, sin una voz que sobresalga más allá de los murmullos. Un antagonismo que realiza una economía del enfrentamiento, un control sobre los tiempos de la lucha en vistas a aumentar su potencia, sus modos de ser afectado. Se lo podría llamar astucia de la resistencia, quizás, pero lo cierto es que en el desierto circular de la metropolis se esta configurando una comunidad en éxodo a partir de la sustracción que lleva en su interior las semillas de la subversión, que reabre la posibilidad de la prosecución de la guerra social.

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